Niña sentada en un sofá utilizando una tablet

Pantallas y niños: el problema no es solo cuánto tiempo pasan delante de ellas

por | Terapia familiar

Si estás leyendo esto, seguro que esta escena o alguna parecida te resulta familiar:

Un niño pide la tablet. Su padre le dice que no. Él insiste. Se enfada. Llora. Grita. Negocia. Promete que será «solo un rato». El adulto, cansado después de un día largo, termina cediendo o intenta mantener el límite en medio de una batalla que deja a todos agotados.

Cuando la escena termina, ambos sienten que han perdido. El adulto se queda con la sensación de estar haciéndolo mal y el niño, con la frustración de que le han quitado algo que realmente quería.

Y entonces aparece la gran pregunta:

¿Estamos favoreciendo una dependencia de las pantallas?

Es una preocupación cada vez más frecuente. Sin embargo, muchas veces ponemos toda la atención en el lugar equivocado, porque el problema no suele estar únicamente en la pantalla.

La pregunta que deberíamos hacernos es otra:

¿Qué función está cumpliendo esa pantalla en la vida del niño y dentro de la dinámica familiar?

Cuando la pantalla deja de ser un objeto y se convierte en una solución

Las pantallas no llegaron a las familias para generar conflictos. En muchos casos aparecen porque, en algún momento, resolvieron una necesidad: permitieron preparar la cena con tranquilidad, hicieron posible una videollamada importante, ayudaron durante un viaje largo u ofrecieron un rato de descanso a unos padres completamente agotados.

Y eso no tiene nada de malo.

El problema puede aparecer cuando, casi sin darnos cuenta, esa solución puntual empieza a utilizarse de manera recurrente para responder a cada vez más situaciones: aburrimiento, rabietas, esperas, comidas, momentos incómodos, tristeza, enfado o miedo.

Poco a poco, la pantalla deja de ser un recurso puntual y empieza a ocupar el lugar de otras formas de regularse, entretenerse o relacionarse.

Esto no sucede porque los padres lo hayan decidido así, sino porque funciona.

Y precisamente porque funciona, después puede resultar tan difícil cambiarlo.

No todas las pantallas significan lo mismo

Hay niños que utilizan las pantallas para jugar; otros, para relacionarse con sus amigos, desconectar después del colegio o evitar el aburrimiento. Algunos recurren a ellas, simplemente, porque es el único momento del día en el que sienten que nadie les exige nada.

Por eso, dos niños pueden pasar exactamente el mismo tiempo delante de una pantalla y estar viviendo experiencias completamente distintas.

Además de preguntarnos cuánto tiempo pasan delante de ella, conviene plantearnos:

¿Qué encuentran ahí que fuera de la pantalla les está costando encontrar?

El aburrimiento no es un enemigo

Vivimos en una época en la que parece que los niños tienen que estar entretenidos constantemente.

Si se aburren, buscamos una actividad.

Si tienen que esperar cinco minutos, sacamos el móvil.

Si el viaje se hace largo, ponemos dibujos.

Sin mala intención, hemos empezado a entender el aburrimiento como un problema que hay que solucionar inmediatamente. Sin embargo, esos momentos pueden abrir espacio para la creatividad, la imaginación, la capacidad de inventar juegos, la tolerancia a la espera y la iniciativa.

Cuando eliminamos automáticamente cualquier momento de aburrimiento, también reducimos las oportunidades de que aparezcan esas habilidades.

Con esto no quiero decir que debamos prohibir las pantallas, sino que quizá no necesiten ocupar todos los huecos vacíos.

La pantalla también habla de los adultos

Cuando hablamos del uso de pantallas solemos mirar únicamente a los niños, pero conviene recordar que las familias funcionan como sistemas.

Lo que hace una persona influye en las demás.

Muchos padres llegan al final del día con muy poca energía. Conciliar el trabajo, las tareas domésticas, la crianza, las responsabilidades y el descanso no siempre es posible. En ese contexto, una pantalla puede convertirse en un pequeño salvavidas, en un espacio de desconexión.

Y es comprensible.

No necesitamos juzgarnos más, sino entender de dónde nacen estas necesidades para poder atenderlas de otras maneras.

La realidad es que, si los adultos vivimos agotados, resulta mucho más difícil sostener límites, acompañar rabietas o proponer alternativas.

La culpa rara vez ayuda. La comprensión suele abrir muchas más posibilidades.

Cuando quitar la pantalla empeora el problema

En consulta es frecuente escuchar frases como:

«Le hemos quitado la tablet una semana y ha sido horrible».

Es lógico.

Imaginemos que un adulto lleva años utilizando el móvil para desconectar cuando está estresado y, de repente, alguien se lo quita. ¿Desaparece el estrés?

No. Lo único que desaparece es la estrategia que estaba utilizando para regularse.

Con los niños puede ocurrir algo parecido. Si retiramos la pantalla sin ofrecer otras formas de gestionar el aburrimiento, la frustración o la espera, el conflicto puede aumentar.

No se trata de que necesiten la pantalla, sino de que todavía no han aprendido otra manera de manejar lo que sienten.

Por eso, el objetivo no puede ser únicamente quitarla o reducir su uso. También necesitamos enseñar.

Los límites funcionan mejor cuando son predecibles

Muchas discusiones aparecen porque el límite cambia constantemente.

Un día pueden utilizar la pantalla durante dos horas y otro día, ninguna. A veces depende del humor de los padres; otras, del cansancio o de si hay visitas.

Para un niño resulta mucho más sencillo adaptarse a un límite claro que intentar adivinar cada día cuál será la norma.

No hace falta que las familias funcionen como un cuartel, pero sí ayuda que existan acuerdos conocidos por todos.

Los límites dejan de sentirse como un castigo cuando se convierten en parte del funcionamiento habitual de la familia.

No todo el tiempo compartido necesita ser extraordinario

Muchos padres sienten la presión de competir con las pantallas.

Piensan que, para que sus hijos las dejen, necesitan ofrecer constantemente planes espectaculares. Pero los niños no necesitan vivir una aventura cada tarde; necesitan sentirse acompañados.

Cocinar juntos, doblar la ropa mientras hablan, salir a comprar el pan, regar las plantas, montar un puzle, inventar una historia o jugar quince minutos de verdad.

Son esos pequeños momentos cotidianos los que construyen el vínculo. No porque sean extraordinarios, sino precisamente porque se repiten.

Un pequeño experimento para esta semana

En lugar de fijaros únicamente en cuántas horas utiliza vuestro hijo una pantalla, probad a observar qué sucede alrededor de su uso.

Durante unos días, anotad mentalmente tres cosas:

  • ¿Qué estaba ocurriendo justo antes de pedir la pantalla?
  • ¿Qué necesidad parecía cubrir en ese momento?
  • ¿Qué ocurrió cuando terminó de utilizarla?

Quizá descubráis que la pide cuando está cansado. Tal vez coincida con el regreso del colegio o con el momento en el que vosotros necesitáis terminar una tarea. Puede que recurra a ella cuando la casa está especialmente tensa o, simplemente, cuando se aburre.

Sea lo que sea que observéis, no busquéis culpables; buscad patrones.

Comprender el patrón puede resultar más útil que librar una batalla diaria contra una tablet.

¿Cuándo conviene pedir ayuda?

Cada familia encuentra su propio equilibrio. No existe un número mágico de minutos que funcione para todos. Sin embargo, puede ser recomendable consultar con un profesional cuando el uso de pantallas genera conflictos constantes, interfiere con el sueño, desplaza otras actividades importantes o se convierte prácticamente en la única forma que tiene el niño de regular su malestar.

En esos casos, el objetivo no suele ser eliminar las pantallas, sino comprender qué lugar han ocupado dentro del funcionamiento familiar y ayudar a construir nuevas formas de cubrir esas mismas necesidades.

Educar no consiste en ganar la batalla de la tablet

Es fácil caer en la sensación de que todo depende de poner límites más firmes. Pero educar nunca ha consistido únicamente en decir «no».

Poner un límite también implica acompañar un aprendizaje:

  • Aprender a esperar.
  • Tolerar el aburrimiento.
  • Gestionar la frustración.
  • Descubrir otras maneras de divertirse.
  • Relacionarse.

Y, como cualquier proceso de aprendizaje, requiere tiempo.

Las pantallas seguirán formando parte de la vida de nuestros hijos y eso es algo que no podemos negar. La cuestión no es luchar contra ellas, sino conseguir que no ocupen el lugar que corresponde a la curiosidad, al juego compartido, a la conversación y al vínculo.

¿Las pantallas se han convertido en una fuente constante de conflicto en casa?

Si habéis intentado establecer límites, pero las discusiones se repiten y no encontráis una forma de recuperar el equilibrio, puedo ayudaros a comprender qué está ocurriendo y a buscar nuevas formas de afrontar la situación en familia con la terapia familiar.

También puede interesarte: Conflictos familiares que se repiten: cuando siempre acabamos en el mismo lugar

Coral Jiménez | Psicoterapeuta

Coral Jiménez | Psicoterapeuta

Hola! Soy Coral Jiménez, psicoterapeuta especializada en Terapia de pareja.

Si este artículo conecta con algo que estás viviendo, quizá sea buen momento para escucharlo con más atención.

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